Al concepto de eficiencia usualmente se le lleva aparejado en concepto al de eficacia. La eficiencia es hacer algo con el mínimo de energía y eficacia es hacerlo en la dirección correcta.
Cuando constatamos que vamos a la autodestrucción de nuestra cultura y la probable muerte más o menos violenta de un importante número de personas (las estimaciones hablan de alrededor de 6 mil millones) en un necesario ajuste de carga del planeta al declinar la producción de petroleo, entonces los conceptos de eficiencia y de eficacia cobran sentido (entre otro cúmulo de conceptos).
Conectando estos conceptos con el post anterior considero que uno de los aspectos evolutivos que determinaron el surgimiento de la figura del padre y de la cultura patriarcal que nos asola es que, inicialmente, la propuesta violenta de protección del rebaño establecida por la muerte de los depredadores era mucho más eficaz que cualquier otra propuesta de protección disponible.
A diferencia de la protección de los cultivos que pueden ser vallados fácilmente y, así, protegidos de las amenazas de mayor tamaño o, que al menos presentan varias alternativas para su protección (control de las plagas vía impedir paso, reducción poblacional, control biológico, etc.). La protección del rebaño, en los albores de la domesticación alrededor de 12000 años atrás, era una tarea que tenía pocas alternativas, una de las cuales era la reducción poblacional del depredador.
A diferencia de la reducción poblacional de un depredador de los cultivos, como el conejo o las aves, cuya carne podría ser aprovechada y que, en fin, corresponde a un tipo de caza de alimentación. La reducción poblacional de un depredador de animales no es aprovechable como alimento y, dependiendo del depredador, puede ser una tarea de sumo riesgosa.
Es decir, la domesticación de los animales, a diferencia de la domesticación de las plantas, nos deja muy pocas alternativas económicamente eficientes para la protección del rebaño, de hecho, los antiguos pastores se debatían entre: asumir las pérdidas o "combatir al enemigo".
Cuando la única alternativa que indica una acción no pasiva en pro de los intereses de la sociedad es "combatir al enemigo" los más indicados para desempeñar ese rol eran los hombres que, a diferencia de las mujeres, se caracterizaban y, nos caracterizamos, por nuestra mayor fortaleza física.
Eso determina que para el manejo de rebaños de animales, sean los hombres y no las mujeres, la descendencia que tiene mayor valor en esas culturas.
Es decir, a la existencia de una sola solución activa y económicamente factible de protección del rebaño hizo que nuestros antepasados comenzaran a valorar el rol de los hombres por sobre el de las mujeres.
Cosa que no ocurrió en las sociedades agrícolas o que no debería haber ocurrido, ya que en esas sociedades la mujer encuentra roles en que su valor es similar o mayor al de los hombres.
Pero resulta que el desarrollo de culturas pastoriles, al tener que enfrentarse a depredadores más complejos como, principalmente, los lobos; determinó que los valores asociados al concepto de enemigo y de su combate se fueran arraigando como un modus vivendi y, por lo mismo, exaltando la figura del cazador-guerrero y con ello, la figura del padre como aquel que puede procrear un linaje de cazadores-guerreros para proteger más y más bienes, entendidos estos como rebaños cada vez más grandes.
Una disgresión: ya sabes por qué hay tantos cuentos en que el lobo es el antagonista.
Eso determina que estos rebaños más y más grandes hayan necesitado de tierras de pastoreo, probablemente, cada vez mayores y es así como la figura del enemigo articulada en enfrentamientos con los depredadores haya sido impostada sobre otras sociedades humanas y haya, con ello, surgido el concepto de la guerra de apropiación de nuevas tierras.
Hay arqueológicamente documentadas una serie de invasiones de pueblos pastoriles a la Europa neolítica. Así como la biblia da detallada cuenta de las invasiones del pueblo de Israel, pastores, sobre asentamientos humanos como los de Canaán.
Es decir, a partir de un escenario de protección de un rebaño que se asume como propio, es muy probablemente que haya surgido el concepto de propiedad, el patriarcado, el enemigo y la guerra.
Todos conceptos que subyacen a la que hoy es la cultura dominante en el mundo.
Por qué es la cultura dominante? Ella es muy eficaz en establecer su dominio ya que tiene los elementos de destrucción claramente afinados.
Es una cultura eficaz y eficiente en su proceso de expansión.
Pero no es una cultura eficaz en su proceso de preservación.
No va a ser capaz de preservarse y, dentro de este siglo, veremos como esa cultura que surge al momento de domesticar semillas y animales hace 12000 años, se autodestruirá.
Por qué no es eficaz?
Por que en la raíz de su surgimiento está la semilla de la autodestrucción: matar o morir.
Matar o morir eran las dos alternativas más factibles, por lejos, en el proceso de protección del rebaño.
Y cuando hay pocas alternativas entonces la variedad, requisito sine qua non de la supervivencia, se reduce.
Nuestra encrucijada como humanidad nos va a llevar a, finalmente, matar o morir.
La única posibilidad de poder preservar a la mayor parte de la humanidad es crear una nueva cultura donde las alternativas de matar o morir que heredó nuestra cultura autodestructiva de los pastores neolíticos no sean las únicas.
La eficiencia no puede ser el único valor.
El matar no puede ser la única solución.
Pero ello tomará tiempo, ¿lo tendremos?