martes, agosto 20, 2013

Rodrigo Melinao

Recientemente he comenzado a participar de un movimiento político. He comprendido que en esta época en que se empieza a articular el, todavía lejano pero no menos cierto, fin de la civilización industrial es necesario comenzar a construir desde la política. No desde la política electoral, que despierta cada tanto para atiborrarnos de candidatos, propuestas rimbombantes, pactos, urgencias, amenazas y un conjunto de artimañas propias de los juegos de poder sin sustancia.

La idea es buscar una expresión política que se articule en el día a día. En que se construye desde la idea, la ideología, un ideario de participación, cambio y construcción de una realidad diferente. Sobre, si se puede, una cultura diferente.

Cómo participo desde una región que durante siglos fue el hogar de nuestro principal pueblo originario: el mapuche, el movimiento nos solicita que ayudemos a tener una postura sobre el reciente asesinato del comunero mapuche Rodrigo Melinao en particular y sobre el conflicto que ocurre en nuestra región, en general.

Desde hace meses que he estado dándole vueltas a escribir sobre este tema. No creo que pueda contribuir en nada en la deriva de los acontecimientos ya que, como todo lo que escribo, nunca tiene un propósito específico más allá de aclarar unas ideas y dejar una reflexión sobre algún aspecto particular que es de mi interés.

No puedo escribir sobre la muerte de Rodrigo Melinao, sólo decir que es lamentable que las personas tengan que morir en manos de otras personas. Rodrigo Melinao es uno más de una lista de millones de seres humanos muertos por otros seres humanos en el marco de una diferencia que los articula como enemigos.

Pese a que el concepto enemigo es una idea. Aquella es, al fin, una idea que mata.

Rodrigo Melinao, como todos nosotros debería haber muerto cuando su cuerpo decidiera morir o, cuando una circunstancia de su vivir como persona determinara su muerte, esto es: un accidente. Pero murió por qué otro ser humano, cómo él, decidió, en forma consciente o inconsciente, que moriría.

Y Rodrigo Melinao no está sólo. Nuestra historia, que es nuestra responsabilidad, está construida sobre ese tipo de decisiones. Y digo que es nuestra responsabilidad por qué este hecho, la muerte de Rodrigo Melinao, es un hecho histórico que me compete como ciudadano de este país y como tal tengo una opinión al respecto y, por lo mismo, es mi obligación que esa opinión esté presente y se articule como una reflexión y, posteriormente, como una conversación que permita, primero entender colectivamente el por qué y, a continuación, comenzar a establecer las bases para que la conciencia de esa respuesta me permita actuar para intentar modificar las condiciones que hagan posible que los que vengan después puedan morir de causas naturales: por la edad o por un accidente y no por la mano de otro que es un igual.

No poseo, y nadie las posee, las condiciones para conocer la historia que otros han vivido. Menos para conocer la historia que otros han vivido mucho antes que ahora. Por lo cual, lo que voy a relatar en los párrafos siguientes es, en fin, mera elucubración y no quiero engañar a nadie con ello. En lo que no voy a engañar a nadie es que esta mera elucubración es parte de una reflexión que busca entender, sin prejuicios, la historia que vivo para, con ello, tratar de hacer un cambio del curso de esta historia. Por que no me gusta que alguien, cualquiera sea, muera por que otro ha decidido que muera.

Hace 150 años la región de la araucanía, el Wallmapu del que hay memoria, era una región fértil -todavía lo es. Es probable que mucha de su extensión haya estado cubierta de frondosos bosques de robles, coihues, raulíes y otras especies de árboles de maderas valiosas. El mismo bosque, como el sistema autosostenido que era, daba cobijo a una serie de especies arboreas menores, arbustos, aves y animales. Era la fuente natural de la cual se alimentaban caudalosos ríos. Esos bosques podrían haberse sostenido más o menos inmutables por los siglos de los siglos, ya que su misma constitución de bosque así lo permitía. 

Una imagen que contrastaba, hace 150 años, con las tierras ubicadas más al norte. Tierras que siglos de explotación colonial habían empobrecido de forma tal que la comparación con las tierras del sur era, estoy seguro, abrumador.

No dudo que, a partir de ese contraste, el Estado de Chile decidió apropiarse de las tierras que hoy son la Región de la Araucanía. Tierras que no eran suyas y, que de hecho, si uno lo mira bien mirado, en forma diferente, no son de nadie. Lo mismo que el desierto en el norte o los fiordos en el sur, pese a que hay una serie de papeles escritos que dicen que son de alguien eso, en el fondo, es una ilusión. 

Si uno mira la tierra desde una perspectiva diferente te podrás dar cuenta que no es de nadie.

De la misma forma que si miras el proceso de sembrar, cuidar y cosechar desde una perspectiva diferente te podrás dar cuenta que la cosecha de un fruto depende de una multitud de organismos y situaciones que hacen que, algo que parece lineal y tuyo es, finalmente, sistémico y de nadie. O, si hablamos de propiedad, esa propiedad es de un todo que está más allá de toda posibilidad conmensurable. No de un dios, que no existe como tal sino sólo como idea, sino que es de una dinámica de interacciones inimaginablemente grande que, mal mirado, parece simple pero que en el fondo, sabemos, es muy complejo.

Estoy seguro que el pueblo mapuche que vivía en el siglo XIX en el Wallmapu de esta región tenía muy claro lo que te acabo de decir o que su cosmovisión permitía que cosas como las que te acabo de decir fueran más o menos como te las acabo de decir.

Cuando miras de forma diferente entonces sabes que la tierra en la que vives no te pertenece. Pero también sabes que si alguien que no mira de la misma forma se fija en la tierra que te sostiene, y de la que tu participas, y la ve como un bien del que puede apropiarse, entonces sabes que para ti que miras a la tierra como una compañera de viaje, como una amiga, como una madre con la que juegas, es probable que tengas que defender esa tierra para que ella siga viviendo como una red que se sostiene como un sistema complejo, diverso y autoregenerativo. No la vas a defender por que te pertenece sino que la defenderás para que siga siendo como era y en ese hacer te sostenga a ti y a tu comunidad en un proceso de equilibrio dinámico de mutua cooperación.

Esa es la historia de la civilización. Esa es la historia de muchas civilizaciones. Ese cambio de mirada en que la tierra que te sostiene se transforma en una propiedad y como tal, se simplifica, se mide, se cerca, se reduce, se explota y se destruye, finalmente.

Hay muchos ejemplos en que eso ha ocurrido. En muchos casos, como el de la civilización Maya, la tierra se ha regenerado alrededor y el bosque, la selva, a vuelto a prosperar como un sistema fecundo y equilibrado. También hay casos en que esta apropiación es tan fuerte que finalmente el paisaje cambia inexorablemente y es imposible restituirlo en la complejidad original. Rapanui es nuestro paradigma de tal situación.  

Hace más de 10.000 años parte de la humanidad comenzó a mirar la tierra que la sostenía como un bien del cual podía apropiarse. Al mirar la tierra como un bien que podía apropiarse la capacidad de la humanidad de comprender los complejos procesos que están a la base de la dinámica de sustentación del sistema que la sostenía se comenzó a perder. La razón es simple y tiene que ver con esas dos palabras: razón y simple. Ya te he contado que el cerebro humano, la razón, sólo puede manejar pocos elementos al mismo tiempo, alrededor de 7 a 9 elementos, y que existe, para resolver el problema de esta capacidad limitada de la razón, un mecanismo que es la agrupación: hacer conjuntos. Ello significa que si usamos la razón para analizar un algo complejo como un ecosistema es muy probable que podamos ver sólo un aspecto ínfimo de dicha complejidad. La que nuestro mecanismo de agrupación nos permite. Nuestro mecanismo lo ha simplificado.

Cuando nuestros antepasados veían la frondosidad del Wallmapu y lo contrastaban con las dificultades que planteaba la tierra que ellos habían cultivado por varios siglos entonces la razón, sin razón, les decía que para resolver el problema de la fecundidad de la tierra deberían apropiarse de tierra más fecunda: el Wallmapu.

Siguiendo una deriva cultural ancestral nuestros antepasados hicieron lo único que sabían hacer: la guerra de apropiación. Y es así como el Estado de Chile desconociendo cualquier otra lógica se apropió de estas tierras y transformó estas tierras, que eran bosques, en fértiles tierras de labranza. Eso mientras la fertilidad dure.

Así, la razón que hay detrás de la muerte de Rodrigo Melinao. Y la razón que hay detrás de la muerte de miles antes que él. Mapuches, chilenos, americanos, europeos, etc. es la razón de la sin razón. Es la idea que uno es dueño cuando no lo es, es la idea que podemos apropiarnos de la fertilidad cuando no podemos.

Hoy sabemos, tenemos la certeza, tenemos el conocimiento, no así la inteligencia, para entender medianamente los procesos que hacen que una tierra se mantenga como un sistema equilibrado autosustentable y fértil  un Wallmapu que nos de cabida a todos en su viaje interplanetario.

Pero seguimos creyendo en la razón de la sin razón.

Cosas de las ideas y del fin de la civilización.

Lo inevitable con su carga se hace presente nuevamente.

En la muerte de Rodrigo Melinao.

En la muerte de todos los que antes que él murieron por que alguien, un ser humano, decidió que tenían que morir.

Los Luchsinger McKay.

Jaime Mendoza Collio.

En la muerte de todos los que antes que ellos murieron por que creen en una idea que sólo es una idea y que, como tal, puede ser cambiada.

Sólo si uno mira la realidad, donde la tierra es de nadie y es de todos.

Suerte
Gus