¿Es Real la Realidad?
Por qué el amor ha desaparecido como emoción.
Gustavo Donoso
May 16, 2026
“¿Es Real la Realidad?” Es el nombre en castellano del libro original de 1976 “How real is real?” cuyo autor es Paul Watzlawick, profesor, en esa época, de psiquiatría e investigador del Mental Research Institute de Palo Alto.
El libro cita y explica un interesante experimento liderado por Alexander Bavelas en los años 1970. Me he tomado la libertad de transcribir completamente dicha cita ya que la considero muy relevante para nuestro propósito:
Cuanto más complicado, tanto mejor.
El profesor Alex Bavelas de la Universidad de Stanford, ha demostrado en varios experimentos que la desinformación tiene una importante influencia en el sentido de la realidad del ser humano.
En uno de estos experimento dos personas, A y B, se sientan ante una pantalla de proyección de diapositivas. Entre los dos, una pared divisoria impide que puedan verse; se les ha recomendado, además, que no hablen entre sí. Delante de cada uno de ellos se encuentran dos botones con la inscripción de “sano” y “enfermo”, respectivamente, y dos luces de señales marcadas “correcto” y “equivocado”. El director de la prueba proyecta una serie de microdiapositivas de células histológicas. La misión de las personas sujetas a prueba consiste en distinguir, mediante ensayo y error, las células sanas de las enfermas. Se les pide que, en cada diapositiva proyectada, opriman el botón correspondiente para dar a conocer su diagnóstico (individual). A continuación, se enciende una de las luces de señales que les dice si el diagnóstico fue “correcto” o “equivocado”.
Este montaje del experimento, al parecer tan simple, tiene su truco. A recibe siempre la respuesta adecuada a su diagnóstico, es decir, cuando se enciende la lámpara se le comunica si efectivamente diagnosticó con acierto o no, la correspondiente diapositiva. Así pues, para A el experimento se reduce a un aprendizaje, relativamente sencillo, para establecer distinciones hasta entonces desconocidas para él, mediante ensayo y error. En el decurso de la prueba, la mayoría de las personas A aprenden a distinguir, con rapidez, las células sanas de las enfermas, con un índice de fiabilidad del 80%
La situación de B es muy diferente. Las respuestas que recibe no se basan en sus propios diagnósticos, sino en los de A. Por tanto, es totalmente indiferente que su modo de evaluar una diapositiva concreta sea correcto o no lo sea. Recibe la respuesta de “correcto” cuando A ha emitido un diagnóstico acertado...; pero cuando A se equivoca, B recibe la notificación de “equivocado”, con independencia del dictamen que emitió personalmente. Sólo que B no lo sabe; vive, pues, en un mundo del que supone que tiene un orden determinado, que él debe descubrir a base de emitir opiniones para experimentar luego, caso por caso, si dichas opiniones eran acertadas o no.... B no tiene la más mínima posibilidad de descubrir que las respuestas que recibe son no contingentes (es decir, que no tienen relación alguna con sus estimaciones) y que, por tanto, no le transmiten información sobre la exactitud de sus diagnósticos. Busca, pues, un orden que realmente existe, pero al que no tiene acceso.
Se pide a continuación a A y B que hablen entre sí y se comuniquen los principios de que cada uno de ellos se ha servido para distinguir entre células sanas y enfermas. Las explicaciones de A son, en general, sencillas y concretas. Las de B, por el contrario, sutiles y complicadas ya que, en definitiva, llegaba a ellas basándose en razones muy poco convincentes y aún contradictorias.
Lo asombroso del caso es que A no sólo no rechaza las explicaciones de B como innecesariamente complicadas y hasta absurdas sino que se siente impresionado por la brillantez de sus detalladas razones... A llega por ello a la convicción de que la banal simplicidad de sus principios explicativos queda muy por debajo de la sutil penetración de los diagnósticos de B.
Hasta ahí la transcripción del experimento, que no es el único, hay más que confirman esta tendencia de la mente de instalar orden donde no lo hay, como una forma de reducir la complejidad y, dado el ejemplo, materializar una visión de mundo asequible a partir de las creencias. En el caso de B, la creencia que estaba diagnosticando correctamente.
El experimento citado está, de alguna forma, describiendo un par de cosas sobre lo que hemos venido conversando. Primero la dificultad de manejar complejidad y, por ello, la necesidad de proveer orden en los escenarios que se visualizan como desordenados. Nuestra hipótesis es que el Ego es una construcción neuro-psico-social que busca poner orden en el ambiente desordenado por la Sombra, ya que ella, como postulamos, desequilibra el espacio emocional, creando lo que hemos llamado “pivotes emocionales” que quiebran la lógica atávica de acción/reposo (emoción/amor) al hacer desaparecer el reposo con la activación del pivote emocional alimentado por la Sombra. Eso por una parte, por otro lado el experimento retrata que, a nivel psico-social, este desequilibrio emocional no será descrito como lo que es, un desequilibrio, sino como lo que en ensayos anteriores describimos como “el ser”. Es decir, Ego necesitaría constantemente elaborar explicaciones más y más complejas que justifiquen su “normalidad”.
Un Yo, con un espacio emocional equilibrado, no necesitaría lo anterior pero, como vimos en el experimento, la simplicidad de un Yo no es fácil de sostener en un mundo que elabora justificacionen cada vez mas complejas sobre el mismo Yo.
Lo que recuerda a Jiddu Krishnamurti y la frase que se le atribuye: “No es signo de buena salud estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma”.
Con lo anterior en mente, es decir esa necesidad de poner orden, retomaremos el modelo de “mente autopoiética” que propusimos como aquel conjunto interrelacionado de subsistemas autopoiéticos tanto como fenómenos que como modelos de fenómenos que se autoproducen.
Nuestro conjunto de subsistemas bio-neuro-psico-sociales modelan lo que entendemos por mente en el sentido que responden al ciclo de manejo de fenómenos mentales, ya que desde la perspectiva de estos ensayos la mente esta lejos de ser sólo cerebro (neuro) sino que, por el contrario, se extiende sobre todos los ámbitos señalados y, cómo describimos en los párrafos anteriores, maneja naturalmente orden y, sobre todo, coherencias. Veamos esto último.
Al ser los subsistemas cerrados al intercambio de información pero al estar integrados a la unidad de la mente entonces el orden, que básicamente es el mecanismo de reducción de la complejidad, se traduce en un conjunto de coherencias entre disposiciones corporales, estados neuronales, pensamientos (psicológicos) y comunicaciones (sociales). Esta coherencia permite inferir desde los extremos observables (el biológico y el social) la unidad el sistema (lo que nos remite a la identidad), también, los posibles problemas neurológicos o psíquicos, la semántica emocional u otros aspectos.
En un futuro ensayo revisaremos con profundidad como ocurren las coherencias entre los sistemas adyacentes (bio-neuronal, neuro-psicológico y psico-social), pero ahora, para terminar, retomemos la emoción del amor desarrollada en el ensayo anterior y veamos como se podrían organizar, en forma simple, estas coherencias desde un Ego. Nuestra hipótesis es que los Apegos Inseguros generan Sombra, que sería, en parte, un conjunto de neuronas sobrevivientes a la poda que gatillan, dadas algunas circunstancias, tanto en la dirección biológica como la psíquica: emociones y pensamientos, respectivamente. El marco social aquí es el concepto de amor como “necesidad del otro” lo que, por ejemplo, se puede traducir a nivel biológico como “la permanencia física al lado del otro” y, a nivel psicológico, el pensamiento de: “lo necesito ya que me da seguridad” y tanto la permanencia física (emoción) como la seguridad de esa permanencia (sentimiento) se pueden perfectamente organizar como comunicaciones amorosas a nivel del sistema social, es decir, se les da atribución, de una forma similar a como hicimos aquí para ejemplificar o como lo hacen miles de canciones, poemas, películas o conversaciones en la actualidad. Y con ello vemos emerger, en todos los ámbitos de nuestro sistema así modelado algo muy similar que, bien mirado, resulta, entonces, coherente.
Finalmente, volviendo al experimento de Alexander Bavelas podemos asimilar al sujeto B con el que tiene una identidad basada en Ego y que, probablemente, encontrará elaboradas explicaciones para describir lo que es el amor sin haberlo experimentado nunca.
En el siguiente ensayo volveremos para profundizar en la forma que se articulan las coherencias en nuestro modelo y como “mantener la coherencia” es fundamental para cualquier transformación que queramos realizar.