domingo, mayo 10, 2026

Amor como emoción

 

Amor como emoción

El amor no es un sentimiento

Gustavo Donoso

May 09, 2026


Para Humberto Maturana las emociones son disposiciones corporales dinámicas que definen qué tipo de acciones son posibles. Por ejemplo:

● Si se está en el miedo, se puede huir o atacar.

● Si se está en la rabia, se puede negar o destruir al otro.

● Si se está en el amor, se puede colaborar, conversar, crear, jugar.

Y en ese sentido la definición completa propuesta por H. Maturana es una donde “el amor es la emoción que constituye el dominio de acciones en que el otro surge como legítimo otro en la convivencia”

Si bien en la vida cotidiana tendemos a confundir emoción con sentimiento y enredamos todo a partir de ahí, en psicología la diferencias son claras y las emociones se ven como reacciones automáticas del cuerpo y los sentimientos como la interpretación consciente de la emoción, es lo que nuestra mente hace con las emociones.

Paul Ekman identificó 6 emociones básicas que son transversales a todas las culturas: miedo, ira, alegría, asco, sorpresa y tristeza. Y que fueron la base de las películas Intensamente (Inside Out) de Pixar. Que fui a ver con mi hija haciéndole, a ella, el alcance que faltaba la emoción del amor.

La propuesta de Maturana es su respuesta al sentido de lo humano ya que aquella emoción sería la que nos hizo humanos, permitiendo la vida social y el desarrollo del lenguaje como “un operar en coordinaciones de coordinaciones conductuales consensuales” al punto que para él “... los seres humanos somos seres en el lenguaje.. Todo hacer humano ocurre en el lenguaje, y todo lo humano tiene lugar en conversaciones”

En algún ensayo anterior insinuamos que desde la perspectiva del Ego podemos tener innumerables ideas para el amor. Donde la predominante culturalmente es la “de necesidad del otro” o, más complejo, de propiedad. Las raíces de lo anterior están algo ya desarrolladas pero las retomaremos con mayor profundidad en los próximos ensayos. Ahora nos interesa el proceso de identificar las diferencias con la propuesta de H. Maturana y, con ello, insinuar el camino de transformación.

El amor como emoción constitutiva de lo humano, como propone H. Maturana, sería una “disposición corporal” más o menos permanente -que en los ensayos anteriores establecimos como la metáfora del mar que contiene. Y que Maturana identifica como la “aceptación del otro como un auténtico otro” y que si lo llevamos a lenguaje corporal se relacionaría, por ejemplo, con la “escucha activa” donde el cuerpo tiene que decir “estoy 100% aquí contigo”; lo que de alguna manera debería llevar a nuestro cuerpo en una leve inclinación hacia el otro, abierto (sin brazos cruzados, por ejemplo), con contacto visual natural (70% mirando), expresión receptiva, etc.

Pero, claro, el amor como emoción es más allá, la aceptación comienza con aceptarce uno mismo. No en vano el libro que articula los últimos 2000 años de civilización occidental lo cita en palabras de Jesús: “Amarás a tu prójimo como a tí mismo” y donde la filosofía Socrática anterior ya había establecido como base de cualquier conocimiento el conocimiento de sí mismo. Sócrates -rival enconado del filósofo Protágoras quién también tiene una frase para la posteridad: “El hombre es la medida de todas las cosas... “- suponía una verdad última, absoluta. Protágoras, en cambio, proponía que cada persona tiene su verdad. Según la Teoría de la Autopoiesis, es probable que haya una realidad absoluta pero por nuestras limitaciones estructurales aquella es inalcanzable, ya que nuestra naturaleza autopoiética nos hace perder la objetividad y ganamos la (objetividad) en donde la realidad surge con la distinción que un ser humano particular hace como obvervador al no tener acceso a una realidad en sí, con lo que se determina que un explicar es válido sólo en el dominio de experiencias del que explica y si el otro no ve lo mismo, tiene otra experiencia, otro dominio eso no es un “error”; por lo cual la “verdad” se coconstruye en el conversar.

Así el otro, desde el amor, no es una necesidad, menos una propiedad, sino un “auténtico otro” sujeto de aceptación y de respeto. ¿Aunque ese otro sea un “enemigo”? Si, el amor propuesto por Maturana como base emocional del vivir considera al otro como un auténtico otro pero ello no nos inhabilita de la legítima defensa, no es “buenismo” es aceptación, es respeto. Veamos un ejemplo de esto último.

Cuando ocurrió la conquista del Imperio Español (1540-1598) en lo que ahora conocemos como Chile, los habitantes originarios, el pueblo mapuche, por lo que se sabe, vivían en el respeto, de una forma probablemente similar a la humanidad primitiva. Por su parte el Imperio Español estaba lejos de mantener una cultura basada en el respeto, al contrario, era una cultura en que, probablemente, un Ego colectivo, similar al de nuestra civilización (ya volveremos a este tema más adelante) era lo que conducía el afán de conquista y dominación -si lo dudan basta con revisar la conquista de México por Hernan Cortez. Los mapuche, enfrentados al exterminio y la esclavización, por un lado, y a preservar su cultura, por el otro. Donde en su cultura el conquistador español, era un auténtico otro, con el cual se conversa y, por lo tanto, no se le niega; se diero cuenta, a poco andar, de la necesidad de matar al otro, negar, como única alternativa en la defensa.

Si observas bien el pueblo mapuche estaba enfrentado a un dilema existencial al defenderse del dominio del Imperio Español ya que por una parte su cultura estaba organizada en “aceptar al otro como un auténtico otro” y, por otra, el Imperio los obligaba a destruir al otro, a negarlo, para preservar su cultura, pero este destruir al otro, al integrarse a su cultura, de igual forma iba a destruirla al cambiar la base emocional sobre la que se sustentaba. Es decir los mapuche debían resolver el dilema de negar al otro y, al mismo tiempo aceptarlo. Ellos le dieron solución en el lenguaje, en el mapuzungun, al crear la fórmula “Inche kay che” que en castellano significa algo como: “Yo, la persona, permanezco como persona”.

El concepto de che, en mapuzungun, es un concepto holístico donde el che tiene múltiples dimensiones y, además, no es un ser aislado sino que profundamente conectado en el respeto. Aquella fórmula, o la expresión “Inche <nombre del guerrero>”, usada en combate luego de dar muerte a un otro era la que, de alguna forma, permitía preservar la cultura de aceptación del otro luego de su negación a través de la muerte. Preservas la cultura al decir “Yo permanezco”, “Yo sigo siendo che (persona/gente)” y con ello reconstituyes el vínculo cultural que se pone en peligro al negar al otro.

El amor como aceptación no niega al otro pero, al mismo tiempo no inhabilita al yo consciente de defenderse. La conversación sigue siendo el mecanismo fundamental, pero ello no invalida, entonces, la defensa violenta.

Para terminar es adecuado profundizar en algunas métaforas comparativas que nos permitan reflejar mecanismos de funcionamiento del amor como aceptación o respeto.

El modelo de amor mas usual es el relacional, es decir, el amor se puede ver como un vínculo de relación entre dos personas. Usualmente este vínculo es de necesidad, como lo atestiguan miles de canciones de amor que pueblan muestro Imaginario. Insisto en esta perspectiva de amor como “necesidad del otro” ya que es ella, de alguna forma, la que emerge cuando hay apego inseguro o, mas, una vulnerabilidad afectiva como señalabamos en el ensayo anterior citando a Boris Cyrulnik. Este modelo relacional es inadequado si se plantea el amor como una emoción base centrada en el Yo. En este caso es una emoción permanente, no relacional, es el Yo el que está en el amor y ello se podría describir mas adecuadamente como un conjunto de esferas concéntricas de intimidad y cercanía, donde el centro es el Yo y hacia el exterior se van instalando las relaciones que pueden moverse hacia más o menos intimidad, hacia mas o menos puntos de contacto relacionales. Hacia el centro más (la pareja, los hijos, etc. ) y hacia afuera menos (el chofer del taxi, el dependiente de la librería, etc.). Así, representamos el amor centrado en el Yo, un estado corporal permanente de aceptación y respeto no ingenuo y que no depende del otro pese a que es definitorio.

La tarea de transformación es, entonces, ir desde el modelo usual de amor como relación entre Ego y otro dependiente de este último al modelo de amor como emoción que depende solo del Yo. No es tarea fácil ya que el Ego es una construcción psicológica que esta profundamente arraigada en la biología neuronal de la Sombra que, probablemente “necesita del otro”.

Para esa transformación clave recesitamos recurrir al modelo más complejo que planteamos con anterioridad, el bio-neuro-psico-social, pero eso es tarea del próximo ensayo