Un aspecto clave en la vida de los seres humanos es la emoción del amor. Es tan importante que finalmente determina todo. Pero el amor no es como lo pintan y tampoco es como es sino que es distinto.
Comencemos por Jesús que es la persona más popular hablando de amor.
El dios padre del antiguo testamento era un viejo guerrero, bueno para la rosca en nombre de si mismo y que condenaba al pueblo de Israel a pelearse con todos para que ellos fuesen dignos del padre. Una cosa que sigue siendo común en la actualidad y que, por cierto, la han adoptado otros pueblos con sumo entusiasmo ya que permite apropiarse de cosas sin mucha justificación, sólo asumir ser dignos hijos del dios-padre. Lección que el extremeño Francisco Pizarro tuvo bien aprendida como lo demuestra la Captura de Atahualpa en nombre de dios y del rey.
Pero volviendo a Jesús, aquel dice con respecto al amor el postulado de un mandamiento nuevo: "ama a tu prójimo como a ti mismo"
Ese fue mi primera aproximación al amor.
Luego, en la adolescencia, lo olvidé y consideré que el amor de las prójimas era más interesante que el andar amando prójimos.
Salí de la burbuja del amor de la tele cuando encontré esta definición de Humberto Maturana para el amor: "Amor es aceptar a otro como un auténtico otro en la convivencia".
Lo que me sirvió para ver el amor desde la perspectiva de la Teoría de Sistemas y, sobre todo desde la perspectiva de la Teoría de la Evolución.
Pero, qué es el amor? Es lo mismo que enamorarse? Para qué sirve? Sirve realmente para algo?
Voy, a continuación, a dar mi particular significado de esta emoción que llamamos amor.
Pero primero el contexto. Desde mi cosmovisión el pensamiento es un logro evolutivo que nos hace particularmente efectivos como especie; el desarrollo del mismo se produce porqué nuestros antepasados, por alguna razón, liberaron la mano -probablemente al erguirse para mejorar su horizonte visual en la sabana o ser más eficientes en la recolección. Esta liberación de la mano permitió un mejor desarrollo de la capacidad cerebral, el cerebro crece y, sistémicamente, se desarrollan una serie de mecanismos de pensamiento que permiten, a su vez, el desarrollo de la inteligencia y de ahí en adelante sigue todo (no hay marcianos, ni dios, ni nada, sólo pura y simple evolución).
Todas las otras especies son esencialmente emocionales. Nosotros también somos emocionales, pero como tenemos muy desarrollado los mecanismos de pensamiento hemos, junto con ello, desarrollado una interconeción fuerte entre ellos y las emociones, es decir, los pensamientos disparan emociones y las emociones pensamientos... es claro que ello deba ocurrir ya que el pensamiento (y la inteligencia si es que nos queda alguna luego del fútbol) se desarrolla coevolutivamente; imbricando nuestro sustrato emocional (propio de todas las especies) con los pensamientos.
A algunos se les ocurrió que el pensamiento era lo esencial (cogito ergo sum) pero esos algunos eran realmente infelices por lo cual no los consideraremos. Próceres de la cultura autodestructiva.
La realidad es que los humanos tenemos pensamientos y emociones fuertemente imbricadas.
Así, si uno se enamora lo que ocurre es que unas emociones (diferencial químico et all) disparan pensamientos y, por lo mismo, pensamientos disparan emociones. Todo un cóctel explosivo que termina, tarde o temprano con frustraciones y/u obligaciones. Lo mismo ocurre cuando uno se enoja (hay emoción y pensamientos mezclados). O, en general, todas nuestras acciones son pensamientos y emociones o emociones y pensamientos.
Buda detectó que este mecanismo de imbricación, en la mayoría de los casos, llevaba al sufrimiento. El sufrimiento, según él lo describe y yo lo interpreto, corresponde a un mecanismo de retroalimentación donde pensamiento produce emoción y emoción produce pensamiento y pensamiento produce emoción, etc.
Para solucionar este ciclo infinito del sufrimiento buda propone desarrollar el desapego. Cosa que podemos interpretar, de manera simple, como estar bien con todo y con nada.
Así, cuando juntamos las tres cosas. El amor como emoción, la imbricación pensamiento-emoción y la necesidad de desapego para que esta imbricación no se transforme en un proceso cíclico que da origen al sufrimiento, entonces podemos entender de qué se trata el amor y cual es la diferencia que el amor tiene con, por ejemplo, el enamorarse.
El amor es una emoción que permite, desde mi perspectiva, atenuar la fuerte relación cíclica de pensamiento y emoción. Por ejemplo, si tenemos una fuerte emoción de rabia por alguna situación, podríamos entrar al ciclo de la rabia (es decir retroalimentarla) hasta llegar al punto de sufrir mucho por eso o, por el contrario, podemos activar el amor y atenuar la emoción y, con ello, evitar que surja aquel ciclo autodestructivo de la rabia y su sufrimiento.
Es decir, el amor funciona como una mancha de aceite en el mar de nuestras emociones de modo que puede atenuarlas para que ellas se expresen en su justa medida y no activen mecanismos de pensamiento que las retroalimenten y las hagan transformarse en incontrolables y, con ello, incidan en nuestro estado de ánimo generando el sufrimiento.
Así, el amor es, finalmente, un mecanismo que nos permite ser conscientes de nuestros procesos de pensamiento y de nuestros procesos de emoción. El amor permitiría, activamente, llevar a niveles adecuados de equilibrio nuestro "estar en el mundo".
El amor es una emoción en la que uno vive.
El amor es el bajo continuo de nuestra vida como humanos.
El amor es el mecanismo emocional que tuvimos que evolucionar para manejar adecuadamente ese otro mecanismo evolutivo que es el pensamiento.
Sin pensamiento no hay amor.
Pero amor no es enamorarse.
El amor no necesita de otro.
El amor es uno consigo mismo.
El amor es vivir la realidad tal cual es.
En equilibrio entre pensamiento y emoción.
Así, en el amor, desde mi perspectiva, no requiere al prójimo, no requiere al otro; sólo requiere la conciliación de mis pensamientos y mis emociones.
Cuando entiendes eso logras el paso más significativo para comenzar a vivir en la nueva cultura y con el corazón.
Hermano de la mosca y el moscardón.
Hermano de todos y... de ninguno.
Feliz.
Suerte