Una de las decisiones que tomamos, luego de comprado el campo de Curacautín, fue construir un Yurt.
Tras unas vueltas de la vida, este mes he comenzado a vivir en él.
Tenemos la idea de comenzar una construcción más permanente, usando fardos de paja, y para ello hemos levantado una bodega que nos permitiría almacenar los fardos y otros materiales necesarios para la construcción.
Como la vida en el Yurt es interesante, en la medida que tenga tiempo, escribiré algunas ideas que pueden ser útiles en esta transición.
Ya ha pasado febrero y la mayoría, sino todos, los veraneantes que pululan cerca del campo se han ido. Estamos los que nos quedaremos un tiempo más, en la medida que el clima lo permita (en algunos inviernos se ha registrado más de un metro de nieve y muchos grados bajo cero, no creo que viva en el Yurt con esas condiciones).
Tanto el Yurt, como Le BaCoc, no están totalmente habilitados -no tenemos agua todavía y por lo mismo sanitarios y lavaderos- hay una pequeña vertiente a metros del Yurt que, por ahora, provee el agua, pero se está secando a ritmo creciente lo que es usual en esta época (marzo-abril). Cuando construimos, hace tres años, hicimos un ariete de PVC que nos permitió tener agua a nivel del Yurt y, con ello, sanitarios. Pero en esa época la pequeña vertiente tenía agua suficiente para hacer aquello.
En este tema del agua me detendré.
Una de los aspectos que es transparente en nuestra vida autodestructiva es éste, el del agua.
El agua llega a nosotros por la llave y se va por el alcantarillado.
Y todo lo demás es invisible.
Para que aquel milagro ocurra es necesario un complejo sistema de distribución que colecta, procesa, entrega y luego retira el agua de nuestras casas. Un sistema que requiere mucha energía tanto en su construcción como en su mantenimiento.
Al lado del Yurt tenemos una fuente casi primaria del agua que llega hasta Temuco, la ciudad en la que ahora escribo este post, es una pequeña vertiente que alimenta un río que es afluente de otro y etc.
Sobre esa vertiente hay un bosque, ya adulto, de mañíos, coihues, raulíes y otros contribuyentes al milagro.
Bajo ese bosque hay una compleja red radicular que transforma el suelo en una especie de esponja. Un embalse natural, que por algún mecanismo que desconozco, va liberando agua en cantidades razonables, un flujo continuo que forma la vertiente que, actualmente, lleva sólo un pequeño hilo de agua corriente.
En estas fechas, ese volumen de agua apenas me permite lavarme las manos.
En otras fechas tiene la fuerza para alimentar un ariete y, con ello, elevar el agua unos metros para alcanzar un estanque y, posteriormente, distribuirla a través de un sistema de cañerías plásticas hacia los distintos puntos de consumo: sanitario, lavadero y ducha.
Las otras vertientes están a cientos de metros de distancia.
En las próximas semanas trabajaré en construir un sistema que me permita llevar agua de otra vertiente, de mayor y más permanente caudal, a la zona del Yurt y, con ello, comenzar a habilitar, ahora en forma más definitiva, los sanitarios, el lavadero y la ducha.
Ese sistema de distribución de agua ya deja de ser transparente, a diferencia de este que permite el agua en la ciudad.
Lo tengo que construir.
Y pese a su simplicidad es, a la vez, complejo.
No podría construir algo como aquello si no existiera el plástico que permite las mangueras, si no existieran las empresas que fabricaran esas mangueras y si no existieran los sistemas de distribución que me ayudan a acarrear esas mangueras. Una larga cadena de complejidad que permite que este otro milagro, la de tener agua en el Yurt, sea posible.
Dentro de este siglo muchos de los elementos que componen este pequeño sistema de distribución de agua, tanto naturales como artificiales, es probable que dejen de existir.
La vida en el Yurt permite verlos y, sobre todo, comenzar a hacernos responsables.
Por lo pronto trato de cuidar ese pequeño trozo de bosque.
Para que el agua que él retiene llegue a tu casa.
Ya te contaré otras cosas de mi vida en el Yurt.
Suerte
Gus