viernes, octubre 11, 2013

Ego y autoestima refurbished


Cuando era chico y leía de todo, sin asco, una de las revista habituales eran las Selecciones del Reader's Digest. Usualmente estaba plagada de artículos sobre la cultura autodestructiva made in USA, disfrutaban haciendo apología de los valores buenos que siempre le ganaban a los valores malos. Es decir, historias de superación, de lucha y de sacrificio a costa de lograr la meta, nada mal sólo el problema de la dicotomía bueno/malo, lindo/feo, amor/odio, etc. que sustentaba la mayoría de las historias y que, desde mi perspectiva actual me parece muy autodestructivo. Pese a que aquello es contraindicado para la felicidad, nuestros próceres de opinología usan seguido esta dualidad. Nada como una buena lucha dicotómica para que nuestros significados hagan que nuestras emociones se rebelen y levanten al prócer a la más alta cumbre de la cultura y nuestras emociones se expresen y nos insuflen de alegría el corazón.

Más de lo mismo.

En esas revistas salían unos artículos de anatomía que se llamaban algo así como "Soy el -organo- de Juan". Creo haber leído "Soy el estómago de Juan" entre otras. Hoy no creo que sea mala idea hacer algo como:

Soy el Ego de Juan

Juan, el hombre para el que trabajo, cree que yo soy él. Lo que no es correcto en la medida que yo hago, usualmente, lo que quiero. Por lo cual la cosa es al revés: Juan trabaja para mi. El lleva 47 años en esta pega y gracias a sus servicios tenemos un SUV del año, citycars para los hijos adolescentes y el 911 para mi, una casa en este barrio de clase alta, con piscina y sauna, una mujer que no es fea, la Tere, y tres hijos. También tenemos una amante, una chiquita deliciosa que conocimos hace poco por la oficina. Además somos amigos de los Larraín, los dueños de la nueva viña boutique y de varios más, así de interesantes. El año pasado viajamos todos a Tailandia por un mes y este año esperamos viajar nuevamente a esos destinos exóticos que le gustan a la Tere. Soy aficionado al vino de marca y precio, a los caballos y al parapente. Juan me financia todas esas aficiones.

Tenemos un puestazo que nos da para los gustos que merecemos. Además somos accionistas de un emprendimiento, un spinoff de la viña de los Larrain, lo que nos conecta con ellos y con otros amigos. Una cosa pequeña que luego crecerá.

No tengo claro cuando empecé a nacer en Juan, pero debe haber sido el camino usual de nuestro nacimiento, algo relacionado cuando Juan era pequeño y lloraba, la mamá de Juan corría y lo atendía de inmediato con cascabeles y cosas. Creo que por ahí Juan se dio cuenta que podía manipular a su mamá y, con ello, comencé a aparecer. Juan creció, comenzó a exigir juguetes y ver ciertos programas de teve, sugerencias mías a esa altura. Todo se lo concedieron. Yo me hice más fuerte y así...


Las manifestaciones del ego son casi infinitas lo que hace, a diferencia del estómago o el corazón de Juan, que esta lógica de "Soy el ... de Juan" tergiverse el propósito descriptivo para el caso de aquel. Pese a que como un "divertimento" bien vale lo anterior, desde ahora dejo ese ejercicio y entro en otro.

Livianamente, como siempre, me propongo analizar este concepto que aparece en nuestro horizonte. La razón de este análisis se explica por la necesidad de cambiar que tendremos que vivir y que, sobre todo, tendrán que vivir la siguiente generación (que actualmente es menor de 25 años) y la subsiguiente que todavía, probablemente, no ha nacido, las cuales son, también, responsabilidad nuestra: les heredaremos nuestra cultura y, a esta altura, los restos de nuestra civilización y sus problemas, ya desbocados.

Mis reflexiones y lecturas varias, incluidas las Selecciones, me han permitido ir configurando una cosmovisión en que, y para hacerlo simple, hay dos planos de realidad, la real que es casi inaccesible y la imaginaria o de las ideas. Estos planos los he descrito en forma muy general en los dos post anteriores: Es real la realidad? y Un tema de escalas: humana y empresarial.

El ego, como una idea de identidad construida en el plano de la mente, del pensamiento, se articula como un componente de la realidad de segundo orden. La realidad de segundo orden, como hemos analizado desde hace mucho, es una realidad que, principalmente, gira en torno a ciertos valores culturales autodestructivos.

Desde mi perspectiva la idea de esta identidad, la nuestra, el ego, esa identidad que necesariamente debemos reafirmar cada día con cosas como "yo soy sí", "soy pesimista y qué", "quiero esto o aquello", "tengo esto o aquello","que lindo! Me gusta", "me quieres?", "soy chileno", "los chilenos son...", "te necesito", "me molesta", y un largo etcétera que usualmente cobra altas cotas de presencia en los matinales, programa de farándula, la televisión en general y, sobre todo, la vida en la ciudad donde la mayoría de la misma se concentra en cuestiones de la realidad de segundo orden, retroalimentándola constantemente. Esta idea de identidad es, como bien digo, una idea y, como tal, puede ser diferente o puede seguir siendo como es, con lo cual es muy probable que esa idea se transforme en una creencia.

Si desde pequeños esa idea de identidad, el ego, ha sido reafirmado en la misma dirección, como usualmente suele ocurrir dado que es una herencia cultural, entonces nuestra identidad es una creencia y, como tal, tiene un grado de inmutabilidad más o menos intenso. A tal grado puede llegar esa creencia que puede configurar nuestro mundo en una forma contumaz, pese a que la realidad de primer orden nos esté constantemente indicando, de forma emocional, que la situación puede ser completamente diferente.

Esta disociación se produce, en general y en forma gruesa, por que hay tres mecanismos asociados que hemos adquirido evolutivamente como especie: 1) el pensamiento, 2) la reducción de complejidad del mundo a través de pensamiento y, relacionado con lo anterior, 3) la necesidad de crear orden donde no lo hay. Si asociamos estos mecanismos a la necesidad cultural de generar una identidad entonces aparece este yo en el contexto de los tres aspectos anteriores, con lo cual la identidad que construimos a partir de estos mecanismos es una tal que describe una mínima fracción de toda la complejidad del mi mismo. Esta identidad tan simple, y débil, nos impide, por su misma simplicidad comprender y aceptar la complejidad del mundo (el natural, la realidad del primer orden) por lo cual nos vemos forzados a construir un mundo, a su vez, simple, que actualmente tiene muy poca o casi ninguna conexión con el mundo real (pese a que lo construimos sobre aquel). Esta construcción de una realidad hipersimplificada explica que no puedas entender las señales que ya están apareciendo del fin de la civilización, es probable que vivas es una realidad paralela, la realidad de segundo orden, en que hay mecanismos explícitos o implícitos que te permiten perpetuarla como idea.

Cuando frente a esta fracción mínima de mi identidad, frente a esta idea de mi, emerge la complejidad del mundo o, mi misma complejidad (ya que claro soy, y tu mismo eres, un miembro complejo de una especie, un inconmensurable), entonces tenemos dos extremos alternativos: a) reducimos esa complejidad a nuestra idea de identidad o b) aceptamos la complejidad y disolvemos nuestra idea de identidad en la complejidad del mundo. Es decir, perpetuamos el yo, el ego, o disolvemos la idea del yo, del ego; ambos extremos de una gama de posibilidades, por cierto.

La reducción de la complejidad de nuestra propia identidad nos configura un mundo en que, finalmente, toda la riqueza emocional del mismo, toda la complejidad y el alea asociado es descartado por esta necesidad, del pensamiento, de perpetuar una visión inmutable.

Esta pequeño conflicto que arrastramos todos, cual más cual menos, con nuestra identidad puede ser fácilmente extrapolable a las sociedades y a las culturas. Cada cierto tiempo aparecen reportajes que se preguntan sobre el "ser chileno" o sobre los "x nuevos chilenos" o sobre cualquier cosa más o menos similar, reportaje que en vez de ayudar sigue profundizando, reafirmando, el problema, el conflicto instalado sobre la identidad, ya no sólo la nuestra sino de la misma sociedad y de la cultura puesto que la misma pregunta encierra una distinción que determina una reducción de complejidad y nuevamente se repite el patrón que contiene en sí el conflicto.

Conflicto que se agudiza cuando en el fondo los valores de la cultura y que son adquiridos por la sociedad son terriblemente autodestructivos. Sientes que corres hacia un precipicio social, sientes que lo que estás haciendo te hace daño, sientes que no tienes que hacer lo que haces pero, tu yo, tu ego, esta identidad de la realidad de segundo orden te lleva, te atrapa y te lleva, te llena de ideas que te llevan ha hacerlo.

Hay un conflicto permanente. Sabemos, intuimos que hay para nosotros una "vida inteligente y feliz" pero que siempre nos ha resultado inalcanzable sabemos, porque lo sentimos, que hay "algo allí afuera" -claro, una realidad de primer orden-, pero que la transformamos en inalcanzable por que tenemos un miedo hortoniano que nos eclipsa cualquier iniciativa de sólo plantearnos una diferencia. De ahí, entonces, el éxito de la vida eterna del cristianismo, del nirvana, del Valhalla, etc. utopías todas, bien aceitadas que surgen como respuesta a esta dicotomía que instala el pensamiento y sus mecanismos de reducción. Una realidad virtual que se construye a partir de esta realidad de segundo orden para resolver el conflicto con nuestra naturaleza de especie y la necesidad de vivir en una realidad de primer orden. Una realidad virtual, el paraíso, la vida eterna, que se construye para alejarse, aún más, de la realidad de primer orden -y para que los promotores de la misma puedan ganar unas lukas a la pasada.

Si la cultura que sustenta a nuestras sociedades y, por lo mismo, la que sustenta a nuestras identidades fuese una cultura que tuviese una correspondencia más acentuada con la realidad de primer orden entonces este conflicto entre las realidades de primer y segundo orden sería menos apremiante.

Pero, dada la naturaleza fantástica de nuestra realidad más próxima, la construida por el pensamiento, la de segundo orden, lo que comenzará a ocurrir y que de hecho ya viene ocurriendo, es que cada vez con más frecuencia esta realidad se irá resquebrajando y, con ello, arrastrará a nuestra idea de identidad, el ego. Y este conflicto se agudizará. La realidad de primer orden está emergiendo a borbotones tanto por que la realidad de segundo orden está perdiendo la escala de una forma amenazante como por que el deterioro de la realidad de primer orden es ya evidente, y claro, esta emergencia cuestionará nuestra identidad, no ahora, no hoy probablemente, pero luego.

Y el único refugio válido para este resquebrajamiento es desarrollar nuestra autoestima.

Suerte
Gus

P.S. Ayer me he encontrado, en una vieja Selección de Julio del 1987, un artículo titulado "Como eramos hace 20000 años..." que hablaba de la vida de los humanos preagrícolas en la Europa glacial. Artículo con un tufillo WASP (White, Anglo-Saxon and Protestant) seleccionado de NewsWeek de noviembre del 1986, en que la imagen de la portada es de fiel representante de aquella clase pero con barba, collar de colmillos y pieles, pese a que era probable que los habitantes paleolíticos hayan sido más bien morenos. 

Hacia el final del artículo de Selecciones describe que en las evidencias arqueológicas, pese a que había importantes indicios de la existencia de comercio, de mucho tiempo libre, de artes y de arquitectura bioclimática (con asentamientos orientados al sol) no había indicios de guerra, los cuales sólo aparecen en alrededor de los 8000 a 6000 años AC luego de la invención de la agricultura. Una evidencia más del cambio cultural, no positivo, impuesto por la agricultura. Esta evidencia, por lo mismo, atesora la esperanza que sería posible revertir ese cambio en la medida que entendemos que genera una realidad de segundo orden inadecuada e incompatible con la realidad de primer orden del mundo natural.