viernes, septiembre 19, 2014

Memorias del Estero Paildad.

La semana pasada estaba en un lugar en el que no debería haber estado si es que la lógica existiera como una realidad no inventada pero, dado que la lógica sólo existe en esa realidad de segundo orden que hemos inventado y a la cual insistimos, contra viento y marea, darle carácter de verdadera, entonces, inevitablemente llevado por esta voluntad insoslayable de la tierra, estaba allí, dentro de la realidad de primer orden: sentado en la Biblioteca Municipal de Queilen, asistiendo al lanzamiento de un libro: Memorias del Estero Paildad.


Un libro de muy buena factura que recoge una investigación antropológica sobre la evolución económica de un sector de la comuna de Queilen en Chiloé. Evolución económica que va desde la agricultura y pesca artesanales hasta la más o menos reciente irrupción de las salmoneras y de la economía de mercado. El libro refleja la memoria económica de los habitantes del estero, de cómo el sentido que organiza la vida, y el lenguaje, ha ido cambiando y, como detrás de ese sentido: los valores, la cultura y, en general, el modo de vida también han cambiado sobre el signo de los tiempos.

Cuando era niño recuerdo haber vivido en estrecho contacto con una economía familiar campesina -o de subsistencia si usamos el concepto autodestructivo. Viví un par de años en un sector rural de la comuna de Tomé y, como familia, participábamos intensamente de las relaciones con los vecinos, las actividades comunitarias, los mingacos para la siembra y la cosecha, la corta del trigo, el hacer la hornilla y el carbón, la trilla de caballos y de máquinas estacionarias. Participé también el ser estudiante en la escuela rural, una experiencia que todavía me parece alucinante en mucho aspectos e inigualable en otros.

El libro se organiza en torno a la mirada de los habitantes del sector sobre tres etapas de actividad económica más o menos distinguibles: la economía familiar campesina, el boom de la madera y, recientemente, el boom de la salmonicultura. Ya saben lo que opino de la agricultura tradicional campesina, y en Chiloé el impacto de la misma no es tan diferente como en otros sectores de Chile. Pese a que no existen cárcavas hay aspectos, algunos sutiles, que indican un empobrecimiento de la tierra, empobrecimiento que probablemente ayudó, al igual que en otros lugares de Chile, a que otras lógicas económicas fueran adquiriendo sentido. Este proceso de empobrecimiento de la tierra es probable que se haya visto amortiguado por la capacidad que tiene el bosque chilote de volver a reclamar su espacio usando al increible Arrayan como punta de lanza -este pequeño árbol requiere de un párrafo especial- y, sobre todo, por que la agricultura familiar es fuertemente complementada con la recolección de productos marinos, lo que le quita presión al uso de la tierra.

Del libro me resultó notable el capítulo en que se describe el boom económico de la madera y como la autora hace la distinción entre la "cultura de la madera" y la "economía de la madera". En aquel capítulo, que actúa como bisagra, se puede observar el cambio de sentido en la cultura subyacente en el Estero Paildad, es un cambio de sentido que, desde mi perspectiva, está conferido más por la escala de la acción autodestructiva que por el fondo -ambas miradas económicas, tanto la tradicional como el boom son, a mi parecer, autodestructivas. La extracción de las maderas nobles con las que contaba el bosque nativo de Chiloé y, por lo mismo, la destrucción de los equilibrios ecológicos que el mismo bosque había tardado siglos en construir, es el resultado de un cambio de escala de la acción autodestructiva que acelera un proceso que ya se venía dando, son los mismos habitantes de la isla los que maderean, a una escala diferente, el mismo bosque con el que cohabitaron desde siglos en una "cultura de la madera". Este cambio de escala es producto, también, de la lógica autodestructiva que siempre estuvo pero, antes, contenida por la capacidad de carga del medio -capacidad de carga de la cual los chilotes eran, probablemente, conscientes- y que no se había expresado como hasta en ese entonces. Dudo que en otro lugar de Chile el "crecer y multiplicaos" autodestructivos del génesis bíblico tenga una expresión más clara que la proliferación de las iglesias y capillas chilotas.

Ya les había contado, en un post anterior, como el bosque entre el río Bio Bio y el Tolten había sido uno de los "botines de guerra" de la "Campaña de Pacificación de la Araucanía" -un muy mal eufemismo para la apropiación del territorio mapuche, el wallmapu, por el Estado Chileno. Es probable que este otro bosque, ahora extinto, haya contenido y retrasado la acción autodestructiva sobre el bosque de Chiloé -probablemente de menor calidad, más difícil de explotar y más alejado. Así, es la escala de una civilización en crecimiento y no una cultura a la base diferente la que impacta la economía familiar campesina del Estero Paildad y hace evidente, acelerándolo, un proceso de autodestrucción. No son el sistema de la economía de mercado ni el neoliberalismo los elementos responsables del desarrollo de la tercera etapa económica del estero Paildad, sino que es la misma cultura autodestructiva que se expresa y hace permeables a las comunidades a procesos de aceleración y de cambio de escala de la autodestrucción como los que vivimos actualmente.

Junto al cambio de escala que acelera los procesos de autodestrucción que ya estaban en marcha, la irrupción de sistemas de producción industriales produciría otro efecto que es significativo: la pérdida de conciencia en la complejidad del medio. Los sistemas industriales, para ser efectivos y, sobre todo, eficientes, capturan complejidad del medio y la reducen según el objetivo que dichos sistemas industriales persigan. Por ejemplo, la industria de los aserraderos simplifica la relación de producción con el bosque a un único producto: la madera. La madera, a su vez, tiene sentido -y valor económico- por que es un bien concreto, transable, que permite la creación de bienes derivados, fabricados, por humanos. Pero el bosque, como sistema, genera otros bienes -muchos de los cuales ayudan a reducir la tasa de autodestrucción-: oxigeno, protección de suelo, retención de agua lluvia, captura de carbono, protección a la fauna silvestre, etc. Así, la generación de bienes industriales trae aparejada una sobre-simplificación de la visión de la complejidad del mundo, dado que el sistema industrial captura complejidad -y crea complejidad oculta en los bienes- evitando, en muchos casos, que aquella complejidad esté disponible para las personas. A esta reducción industrial de complejidad se agrega, se suma, a la que en forma inherente llevamos como especie cuando articulamos el mundo desde procesos mentales o de pensamiento.

En fin, este encuentro fortuito, articulado por la tierra, me permite agregar más antecedentes, desde fuentes diversas, a este proceso de autodestrucción -ya inevitable- que en el futuro conoceremos como el Fin -o Colapso- de la Civilización Industrial.

El libro es el resultado de una investigación realizada por antropólogos. En una entretenida conversa, posterior al lanzamiento, otra de las cosas que descubrí era que a la antropología le podría faltar algo de zoología, en el sentido que los humanos somos una especie más -zoología- en la cual nuestro diferencial evolutivo es el pensamiento -antropología- y, que si nos centramos en conocer el mundo desde este último aspecto entraremos en los procesos de simplificación que nos hacen presa fácil de visiones reduccionistas como las que, en su tiempo, permitieron que los habitantes del Estero Paildad "pensaran" que hacían un "buen negocio" al cortar el bosque y entregárselos a los aserraderos.

Un buen libro que sintetiza claramente la dinámica de la autodestrucción en nuestras comunidades rurales y que, por lo mismo, plantea el desafío abierto de buscar las respuestas que nos permitan sortear de buena forma este proceso de Fin de la Civilización que ya está en marcha.

Finalmente, unas palabras para el arrayán. Hace poco más de un mes pasé por la Hostería El Bosque de Victoria, en esa hostería, y por iniciativa del dueño, hay un pequeño bosque de arrayanes, añosos, que destacan por su hermosura y lo bien cuidado del sector. En Chiloé, con espanto, me encontré que los arrayanes son considerados maleza (del latín "malitia" que es a su vez el femenino de maldad, otra más del patriarcado autodestructivo). Al parecer las condiciones climáticas permiten que crezcan en forma abundante, se reproduzcan y extiendan inexorablemente el bosque sobre los terrenos "limpios" que son considerados para la crianza de ganado. Pura autodestrucción articulada, en forma inconsciente, en el lenguaje. Igual que todo.

Suerte
Gus